#VIAJOSOLA: Trenes nocturnos y estaciones solitarias

La primera vez que viajé sola tenía 18 años. Como buena diociochoañera me fui sin dinero y sin celular; en esa época era normal no tener (inserten violines de fondo, por favor). Lo que sí llevaba era un buen libro y una maleta que no podía cargar pero que cargaba fingiendo que no pesaba tanto. Como buena viajera que viajaba sola por primera vez, decidí irme a la mitad de la noche de La Rochelle a París, de París a no sé dónde chingados y de no sé dónde chingados a Barcelona. Yo sola, de noche, por estaciones vacías, sin dinero y con una maleta que no podía cargar. ¿Por qué? Porque podía.

Fue en la estación de no sé dónde chingados, España, en donde me tuve que bajar del tren y esperar, aproximadamente tres horas, al tren me llevaría a Barcelona. Y ahí estaba yo, sola, con una maleta que no podía cargar y un buen libro, esperando.

Era la más feliz del mundo.

Me tardé como media hora en notar que en realidad no estaba tan sola, ahí al fondo había un señor ya mayor (mayor para lo que a una chica de 18 años le pudiera resultar mayor) y al notarnos mutuamente, nos sonreímos. Amabilidad ante todo. Mejor no estar tan sola en la estación, pensé. Después, el señor habló...

–¿Y a dónde vas tú a estás horas?

–A Barcelona.

–¿Y viajas sola?

–Sí.

–Pues Barcelona te va a encantar ahí fue donde me forré a una mujer por primera vez. Una como tú, chiquita.

Durante las dos horas y media que esperé al tren escuché, detalle a detalle, las experiencias sexuales de este señor. Y durante dos horas y media, solo pude pensar 'ojalá no se suba al mismo tren que yo'.

No le dije que me dejara en paz y no podía concebir la idea de salir corriendo con una maleta que no podía cargar. Además, ¿a dónde me iba a ir? Yo estaba en donde tenía que estar. Creo que creí que estaba más segura ahí, escuchando explícitamente todo lo que le había hecho a mujeres (chiquitas como yo) sin ropa, que huyendo de él en un lugar en el que nunca había estado, sin dinero y de madrugada.

El señor no se subió al tren (qué hacía ahí a esa hora, quién sabe) y ya sentada en mi asiento, lloré sin saber muy bien por qué. Lloré pensando que era mi culpa, que yo solita me había puesto en esa situación. ¿Quién me manda a viajar sola de noche?

Me costó muchos años entender que no. Yo no tuve la culpa.

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