LA HUASTECA POTOSINA: un viaje de dos días solo para locos

Siempre tengo ganas de viajar, pero no siempre he tenido el tiempo. Hace unos años, cuando todavía trabajaba en una oficina con horario de 9 a 6 o hasta que la vida me hiciera justicia, surgió (entre chelas y mezcales) la idea de ir a Xilitla, un pueblo surrealista en San Luís Potosí, México. Específicamente queríamos conocer el jardín de Edward James: escaleras al cielo, puertas que no llevan a ninguna parte y esculturas dignas de un sueño que se encuentran a la mitad de la selva (la última del continente americano, si vamos de sur a norte). ¿Quién no quiere ir a este rincón del mundo?

Jardín surrealista de Edward James

Decidir que queríamos ir, fue fácil. La pregunta complicada fue ¿cuándo? No había puentes cerca, las vacaciones parecían más lejanas que el matrimonio y los hijos, e irse de pinta es más factible cuando estás en prepa y quieres fumar que cuando estás trabajando en Publicidad y quieres esconderte del cliente a la mitad de su campaña. Así que como cualquier viajero sensato atrapado en el cuerpo de un godín desesperado (no-estoy-loca-no-estoy-loca-sólo-estoy-desesperada), decidimos salir un viernes en la madrugada (para llegar en la mañana del sábado) y regresar el domingo en la noche. ¿Qué podría salir mal?

Un viaje de locos a uno de los destinos más surreales del país. Sounds good enough for me!

¿El plan?

Sábado

(después de manejar toda la noche)

-->Xilitla (Las Pozas)

-->El sótano de las Golondrinas

-->Ciudad Valles (para dormir exclusivamente)

Domingo

-->Cascada de Tamul

Y manejar por la sierra de regreso (porque obvio nos perdimos y en la perdida, perdimos la autopista así que si les pasa, agreguen paisajes increíbles, pueblos que no existen en los mapas y como 4 horas de camino)

Primero lo primero ¿en dónde dormimos?

Casa Caracol es la mejor opción si de dormir se trata, está ubicado a sólo 300 metros de Las Pozas de Sir Edward James. Ofrecen cuartos tradicionales, cabañas y tipis (una clase de tienda de campaña) y porque por qué no, tienen un laberinto. El lugar está lleno de encanto y sin duda es de los mejores lugares para quedarse hippie style, en Xilitla. Y por obvias razones, estaba lleno y no pudimos reservar ahí. ¿Siguiente opción? Ciudad Valles. El lugar más espantoso del mundo (soy famosa por exagerada) y un infierno a 40 grados que alberga al hostal Pata de Perro (uno de los peores hostales en los que me he quedado, y eso que me he quedado en muy malos hostales): no hay aire acondicionado (o no sirve), las literas chillan peor que niños con calentura cada que decides girar y si dejas tu “bolsita” de baño (en donde guardas el shampoo, el jabón y la esponjita) dos minutos sin supervisión (¡dos!) te la roban. Pero para el objetivo del viaje (un fin de semana express), funcionó.

Después lo segundo ¿cómo hacemos en dos días lo que la gente hace en una semana?

Para los locos que estén considerando este itinerario de desesperados, tienen que considerar lo siguiente: es factible manejar toda la noche desde la Ciudad de México rumbo a Ciudad Valles y llegar a tiempo a Xilitla. Lo que no es factible es llegar con sólo un tanque de gasolina, así que si no quieren dormir, como nosotros, frente a una gasolinera cerrada a las tres de la mañana, consideren parar por gasolina cada que vean una abierta. Llegamos al jardín surrealista (el único jardín escultórico surrealista en el mundo, para ser exactos) como a las 8 de la mañana y en el segundo uno, se nos quitó el mal humor (y el susto) del camino. El paisaje es puro verde, y entre todo el verde, se levantan las esculturas y construcciones que el millonario Edward James sacó de sus sueños. Las más famosas son: La Escalera al Cielo (que es justo eso: una escalera al cielo) y El camino de las Siete Serpientes. Pero la magia está en perderse en los laberintos y caminos del jardín para llegar a construcciones inauditas que te roban el aliento. En algunas puedes subirte (tristemente ya no a todas porque el tiempo las ha dañado) para ver el verde desde arriba. Un sueño.

Jardín surrealista

Cuando terminamos de perdernos un rato, desayunamos en el restaurante del jardín. Y justo cuando estábamos dispuestos a volvernos a subir al coche, nos dimos cuenta que teníamos una llanta ponchada. Lo bueno es que el sobrino de la señora que vendía recuerditos, podía ayudarnos. Nos pasaron su celular, lo llamamos y nos metimos por unas cervezas en lo que llegaba y nos sacaba del problema (para este punto ya eran como las doce, así que no nos juzguen demasiado y consideren que nuestra cabeza ya estaba en otro nivel después de todo el recorrido). Ya con la llanta nueva y un par de cervezas, estábamos listos para manejar unas tres horas al Sótano de las Golondrinas, un abismo natural de unos 370 metros. Lo ideal para ir al Sótano es llegar o muy temprano o casi anocheciendo para ver justamente a los vencejos (no son golondrinas, no se dejen engañar por el nombre), pero en este viaje nos tuvimos que conformar con que nos amarraran con una cuerda justo a la orilla y nos dejaran asomarnos. Y, con golondrinas o sin golondrinas, con vencejos o sin vencejos, vale completamente la pena.

Camino al Sótano de las Golondrinas