RUSIA: Echarle un ojo a San Petersburgo…

En el vuelo a San Petersburgo me tocó escuchar al piloto más alegre del mundo anunciar la llegada a los 10,000 m. de altitud: “Dear passengers, can you beleive it? CAN you believe it?” (leer con un fuerte acento ruso y sonrisa). Yo me reí en voz alta, contagiada de su entusiasmo y consciente de que por encima de las nubes se está por encima de todo, en un paréntesis de la vida, intocable. Y de verdad él tenía razón, es difícil de creer.

Es justo lo que buscaba: un respiro. Este viaje, como todos, era una venganza contra la naturaleza que nos circunscribe a un cuerpo atado por leyes humanas a la tierra en al que nació. Yo nunca tuve alma de árbol, y por lo mismo me podo las raíces cada vez que puedo. Con el mismo cuchillo, le saco filo a las alas.

Cuando aterrizamos aplaudí con los demás pasajeros (haters gonna hate), porque no hay pretexto malo para emocionarse cuando un viaje comienza, además de por aquello de “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Puse los pies de nuevo en la tierra para saludar a una esquina de la vasta Rusia, felizmente lejísimos de mi mundo conocido.

Mis amigos europeos—que aparentemente consideran que este país está en otro planeta—me habían advertido de los peligros de viajar sola a semejante lugar. Yo escuché sus advertencias con mirada condescendiente (“¿me quieren advertir del peligro a mí, que nací en la Ciudad de México?”). Recordé esto, y acto seguido, me encontré ignorando toda precaución, y subiéndome a un taxi después de que un tipo me intercambiara el ticket preparado y me convenciera gesticulando de que era seguro subirme a otro coche. ¿Qué puedo decir? Soy confiada por naturaleza, y nací resignada a entregarme al caos y los imprevistos. En el radio sonaba música pop gringa, algo sobre tener dinero y acostarse con mujeres sexys, por supuesto, y yo saludé al pasar a una enorme estatua de Lenin con el abrigo volando al viento, pensando si su cuerpo embalsamado se revuelca muy seguido en su tumba cuando nadie lo ve. Seguramente sí.

Había reservado un hermoso y baratísimo cuarto en Airbnb, en pleno centro histórico. El edificio se veía abandonado y sucio por fuera, y estaba aún peor por dentro cuando subí siguiendo las instrucciones de la casera. Al final llegó un chico por mí, para decirme “no water here, como to other apartment”, y yo, renunciando por segunda vez a mi desconfianza mexicana, lo seguí arrastrando mi maleta durante varias cuadras, sin tener idea de quién era y preguntándome por qué la dueña no me había avisado nada antes. El nuevo cuarto tenía mejor vista que el de las fotos del anuncio, y estaba junto a uno de los canales que recorren la ciudad. Nos abrió la puerta una señora con pinta de abuelita de cuento, que después de hablarme media hora en ruso, terminó por preguntarme “Russkiy, net?” Y yo contesté niet, niet. ¡Todo salió bien! Conclusión: hay que confiar y adaptarse al cambio. Son reglas básicas de todo viajero feliz.

Era tiempo de aventar las maletas y salir a explorar. Salí a caminar para descubrir que me estaba hospedando en el mismo barrio en el que vivió Dostoyevsky, y que uno de los edificios que habitó, con una placa que lo indica, es ahora un banco. Sé que él tendría algo muy ingenioso que decir al respecto. A mí me dio risa, y sólo por eso saqué dinero justo de ese cajero automático. Hay placas en varios edificios que señalan historias, como en muchas otras grandes ciudades; sin embargo, hay que conocer un poco el alfabeto cirílico porque nada está traducido ni al Inglés, ni a ningún otro idioma.

Caminé junto al mar al atardecer—increíblemente dorado—, y me detuve en el muelle para acordarme de una escena de Las noches blancas, que acababa de leer, a propósito de Dostoyevsky:

“Hay en Petersburgo, Nastenka, si no lo sabe usted, bastantes rincones curiosos. Se diría que a esos lugares no se asoma el mismo sol que brilla para todos los petersburgueses, sino que es otro el que se asoma, otro diferente, que parece encargado de propósito para esos sitios y que brilla para ellos con una luz especial. En esos rincones, querida Nastenka, se vive una vida muy peculiar, nada semejante a la que bulle en torno nuestro, una vida que cabe concebir en lejanas y

misteriosas tierras, pero no aquí, entre nosotros, en este tiempo nuestro tan excesivamente serio. En esa otra vida hay una mezcla de algo puramente fantástico, ardientemente ideal, y de algo (¡ay, Nastenka!) terriblemente ordinario y

prosaico, por no decir increíblemente chabacano. […] En esos rincones viven unas gentes extrañas: los soñadores.”

Eso iba buscando, y lo encontré. La ciudad me conquistó a cada paso con su belleza majestuosa. Me pareció un lugar ideal para vagar sola, como me gusta, a la flâneur (o flâneuse). Para pensar. Así que no, este no es un relato de aventuras, sino más bien de un romance solitario e introspectivo con una ciudad increíble.

Como evidentemente es infinito lo que podría decirse de una estancia maravillosa en cualquier lugar, sólo quiero compartirles algunos puntos importantes:

  1. Amor por fuera, a primera vista:

San Petersburgo es una ciudad hermosa, insisto, construida en la desembocadura del río Nevá, que la conecta con el mar Báltico. Está surcada por canales con edificios de muchos colores en las orillas, y puentecitos adorables— o imponentes, en el canal más grande. Vale la pena caminarla sin parar, hasta el límite de las propias fuerzas. Hay más palacios, monumentos, cafés, bares, iglesias, museos y parques de los que se pueden visitar en un sólo viaje (especialmente en este, de sólo 5 días). En casi todos los lugares históricos relacionados a la época de los zares hay gente disfrazada con ropa de los siglos XVII o XVIII caminando y ofreciendo paseos en carrozas tipo la de Cenicienta (o idéntica), que le dan a todo un aire de estar visitando Disneylandia, pero luego a la vuelta de la esquina aparece también por ahí un monumento de la época del comunismo o algún vestigio de la guerra, y entonces se transporta uno a realidades mucho más duras que la del presente. Es un lugar de enormes contrastes.

Hacía mucho frío, y una buena alternativa fue también el turibús, para verlo todo aunque sea por fuera, y recorrer las largas distancias sin congelarse por completo. A veces las ventanas de autobús funcionan como la cuarta pared del teatro, y uno puede observar la vida de los otros sin afectar las escenas que pasan frente a nuestros ojos. Yo vi, por ejemplo, cerca del monumento a los Heroicos Defensores de Leningrado, a un grupo de vagabundos que platicaban animadamente y bebían juntos sentados en la banqueta. Un par de policías se acercaron y ellos se levantaron con una rapidez impresionante y se llevaron sus bolsas y carritos de súper llenos de cosas. No caminaron más de cinco pasos— el tiempo justo para que los policías le dieran la vuelta a la esquina—y regresaron entre risas a su esquina elegida, a seguir cotorreando. ¡Qué viva la libertad de pasársela bien, bajo cualquier circunstancia, y na zdorovie (a nuestra salud)!

El metro es de los más antiguos y elegantes del mundo, pero tristemente, olvidé subirme. Fue tal vez la angustia por no perderme las cosas que se ven en la calle. De cualquier forma, es muchísimo lo que me faltó ver, y pienso regresar. Lo mejor es un lugar al que te quedan ganas de volver.

Los paseos en barco, que a mí siempre me parecen encantadores, no faltaron. Confieso que fui a tres diferentes, y todos me llevaron a partes distintas de la ciudad y a distintas horas: día, atardecer y noche. Se puede ir entre los pequeños canales por distintos barrios, visitar la fortaleza de Pedro y Pablo en su isla, pasar por debajo de todos los grandes puentes, y llegar hasta el golfo de Finlandia, en la dirección opuesta. Todos contaban con guías, pero las explicaciones estaban siempre en ruso, a pesar de las promesas de algunos vendedores, que aseguraban traducciones al inglés con audífonos (no les crean). Supongo que así, sin entender nada de la historia, se tiene una experiencia estética inadulterada del paisaje urbano, y el monólogo en ruso queda bien como ruido de fondo, recordándonos lo que se perdió en Babel.

2. El segundo camino más corto al corazón, es por el estómago:

Todas mis experiencias con la comida rusa fueron buenas. El primer día encontré un café/restaurante muy lindo frente a la catedral de San Isaac, con una decoración increíble—todo de madera, acogedor y al mismo tiempo hipster y kitsch/cursi, con alas en cada bombilla colgada del techo y frases escritas en las paredes, pero que realmente funcionaba de alguna manera misteriosa como combinación— que se llama CyACTbE, (que significa “felicidad”). Todo lo que comí ahí fue delicioso: blinis acompañadas por una especie de tortitas de carne con guarnición de crema agria y algún tipo de caviar (algún tipo no tan caro, claro está), café con calabaza (era otoño), y delicioso pan dulce. Venden macarrones, chocolates y muchos pasteles de excelente pinta, y cuentan con un servicio postal dentro de la cafetería para mandarlos en cajas a todos los rincones del mundo, cosa que me emocionó mucho, como amante de la comunicación por correo. Después descubrí que tienen varias sucursales en la ciudad, y en Moscú. De verdad vale la pena conocerlo. En la misma zona, cerca del monumento ecuestre a Pedro El Grande, que fundó la ciudad en 1703, encontré más tarde la Stroganoff Steak House, en y probé el platillo homónimo, que estuvo exquisito, aunque mi mood ruso se alteró cuando escuché en vivo un bolero mexicano, que ahora no recuerdo, interpretado por una pareja de españoles (la magia de la globalización).

Otro día, sobre la avenida Nevsky, terminé comiendo en Abrikosov, un restaurante ruso fundado en 1906 con una curiosa decoración de café chino elegante, en donde probé un borscht delicioso—a pesar de mis reservas sobre la fama de esta sopa— y los también tradicionales pelmeni (dumplings o ravioles). Todo estuvo buenísimo. También, sobre la misma Nevsky, en esquina con Bolshaya Konyushennaya, que tiene los aparadores más espectaculares que he visto en mi vida, hay un lugar muy rico, una alternativa menos tradicional que se llama Biblioteka. Está divido en secciones según los gustos del visitante: restaurante, cafetería o bar, todos con un ambiente contemporáneo y muy animado. Yo comí en el café, y tomé un vodka frío, derecho. Fue una parada memorable en especial porque una banda de chavitos—no tendrían más de 15 años—estaba tocando afuera de la ventana, rodeados por sus groupies, y me tocó ver como llegaba la policía a dispersarlos. Nunca entendí por qué, pero dieron buena pelea ambos bandos.

Por supuesto, también probé comida en la calle. Tristemente, no puedo recomendar una especie de hotdog (salchicha totalmente envuelta en un pan) que se vende en carritos, porque me pareció realmente desagradable (lo peor era la salsa, muy ácida y dulzona), pero sí las crepas de puesto nocturno, en especial las que llevan un queso cremoso y dulce. Si entran a una pequeña tienda de abarrotes, seguro encontrarán alguna sorpresa. Debo admitir que los pastelitos empaquetados que compré ahí tampoco me gustaron nada, pero ese es un riesgo que se toma siempre al comprar cosas con etiquetas incomprensibles.

2. Amor por dentro:

En realidad yo fui a San Petersburgo sólo para visitar el Museo del Hermitage. Era mi única prioridad, y por eso conseguí un cuarto en la zona aledaña. Cuando llegué a la explanada del antiguo palacio de invierno me quedé sin aliento. Es un precioso conjunto arquitectónico con una plaza tan ancha que el cuerpo se expande un poquito tratando de parecer más significativo ahí parado. Algo que me pareció muy curioso fueron los colores de los edificios… Tal vez estamos muy acostumbrados a considerar elegante la piedra desnuda y los mármoles blancos, pero aquí todo está en colores pastel. El mismo Hermitage, por ejemplo: verde aqua (o algo así). Muy curioso, pero aquí va bien.

Me confiné un día completo entre las paredes del museo. Además de visitar los cuartos que se conservan del palacio y experimentar una probadita de la suntuosidad de la corte rusa, hay, por supuesto, innumerables y maravillosas obras de arte. Hay de verdad para todos los gustos: desde antigüedades egipcias y griegas, pasando por maestros renacentistas (y hablo de Rafael y DaVinci, non the less), barrocos (todos los Rembrandts), rococós y románticos, hasta todo tipo de modernos (sí, sobre todo muy famosos impresionistas—Monet, Renoir—y postimpresionistas—VanGogh, Gaugin—, y de ahí hasta Picasso, Matisse y todos los otros)… Y Arte ruso, por supuesto. Arte de todos los rincones del planeta. Una fiesta de producciones artísticas de acá y acullá. Varios gatos viven en los pasillos del museo, pero no tuve la suerte de encontrarme a ninguno.

Aquí es cuando alguno de ustedes piensa con inmensa güeva y poniendo los ojos en blanco: “¿un museo?”. Y por eso quisiera compartir mi argumento: caminar por las ciudades y visitar sus bares y restaurantes es como gozar su cuerpo, la superficie y todos los placeres carnales que ofrece, es lo más fácil también. Pero en los museos es en donde se encuentra el alma de una cultura. Ahí ves qué cosas se empeñaron en preservar durante siglos, en traer desde lugares lejanos, o en producir: las obras de arte son ideas materializadas, sueños con cuerpo (Danto, dixit: Embodied dreams). Así que sí, vale la pena. Está muy bien tener un affaire más superficial con algunos lugares, tocarlos en donde prefieras; pero habla con ellos también, pregúntales cuáles son sus sueños, sus historias, sus protestas, sus mensajes. Eso es lo que siempre busco en los museos.

Y otra joya de la corona: la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada. Si pararse frente a ese colorido pastel arquitectónico duplicado por el reflejo del río es ya todo un espectáculo, entrar termina de deslumbrar al visitante, con todo su mosaico multicolor. Vale la pena caminar primero por el parque adjunto, y después descubrirla asomándose entres las copas de los árboles. Obviamente, esta belleza no es la única iglesia interesante en la ciudad. Está también la catedral de Nuestra Señora de Kazán, diseñada para parecerse a la basílica de San Pedro, en Roma, que guarda uno de los iconos más venerados en Rusia. Tal vez lo más fascinante de entrar a este templo es ver la devoción de los feligreses, que se forman en una larga fila para besar a la Virgen (algún paralelismo podría hacerse con la banda eléctrica que hay debajo de la imagen de Guadalupe en la Villa).

Si hubiera tenido más tiempo, habría entrado a muchos más edificios. ¡Siempre que se pueda, vayamos más allá de la superficie!

4. Amor a vuelo de pájaro.

Siempre, en cualquier ciudad, me parece muy importante subir a un punto alto y admirarla desde arriba. Hay cosas que sólo se aprecian desde las alturas, con un poco de distancia. La cúpula de la catedral de San Isaac, tiene el mirador ideal para apreciar, junto a sus grandes ángeles de bronce, la magnificencia de esta ciudad imperial, ciudad central en la revolución rusa, y llamada Heroica al fin de la Segunda Guerra Mundial por haber sobrevivido el asedio nazi de 29 meses. Entre las aguas del delta del Nevá, sigue proclamando las glorias de la gente que la levantó y que hoy la conserva. Larga vida a la bella San Petersburgo.

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Sólo queda concluir que esta ciudad lo tiene todo. Es imposible decepcionarse. Y es la venganza perfecta contra todo aquello a lo que no queremos darle importancia, porque nuestra atención estará completamente acaparada. Al mal tiempo: viajes, belleza, desconcierto de todo lo nuevo y distinto. Spasibo Rusia. Gracias.

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¿Cómo llegué?

Volé desde Berlín con Aeroflot.

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