PERÚ: Ceviche y pisco para sanar un corazón roto

Después de mi primera parada en Chile, me disponía a terminar de curar, entre piscos y ceviches, mi corazón roto. Porque nadie sufre en un viaje y menos en Perú.

Primero, Cuzco

Ombligo del mundo, cuna del imperio Inca y proclamado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Un lugar rodeado de cultura, color y fiesta (pis-co-pis-co-pis-co). Desde que pisé esta esquina del mundo, supe que era un lugar que me alegraría el alma; me recibieron con un té de coca para evitar el mal de altura (Cuzco se encuentra a 3, 400 metros sobre el nivel del mar) pero me ayudó también con este asunto del mal de amor.

Y así, después de dejar las maletas en Casa San Blas, mi hogar por los siguientes 4 días, comencé a vagar por las calles empedradas, que albergaban a cientos de turistas y a decenas de llamas acostumbradas al flash de las cámaras. Rodeado de templos Incas que imponen con su belleza, llegué al Convento de la Merced, un lugar de aire místico localizado justo en el centro de la ciudad. El claustro principal alberga un increíble trabajo de orfebrería realizado con 230 gramos de oro y plata, 1538 pedazos de diamantes , 628 perlas, 312 amatistas, 3 esmeraldas, 1 topacio, docenas de rubíes e infinidad de otras piedras preciosas. Vale la pena pasar por aquí pero, para que no digan que nos les advertí, no los ayudará a olvidar que en su dedo no hay un anillo de diamantes.

La ciudad es muy pequeña y la puedes recorrer perfectamente en un día (aunque quedarse un par no está de más). Entre sus principales atractivos, además de perderte por sus calles, están la Coricancha, el templo Inca más importante dedicado al sol, la iglesia de la Compañía y el convento de Santo Domingo. Todos con sus rocas talladas, característico del lugar, que juntan dos culturas en un mismo espacio: Incas y católicos.

Llevaba un rato viajando pero mi corazón todavía no se recuperaba por completo. Le hacía falto algo maravilloso y espectacular: Machu Picchu. Uno de los santuarios religiosos más espectaculares del mundo construido antes del siglo XV.

La travesía empezó a las 5 am, cuando un taxi pasó por mí al hotel, para llevarme a Ollantaytambo, un pueblo a 97 kilometros de Cusco y de donde se toma el tren a Aguas Calientes, siéntate en la ventana; las vistas son de esas que te roban el aliento. Un recorrido chingón, sobre todo porque conocí a una chica de Bélgica con la cual reí todo el camino. Al llegar a Aguas Calientes, tomamos el camión que nos llevaría hasta Machu Picchu, creo que esta de más contar lo increíble que fue, digamos que no hay ex que valga más que la sensación de estar ahí…

Este lugar lleno de magia y de ese no-sé-qué-que-qué-sé-yo que te provoca una satisfacción enorme, forma parte de las nueve siete maravillas del mundo moderno (con ceremonia y todo en Lisboa, allá por el 2007). Ya que estés aquí, en la cima del mundo, no puedes irte sin ver el atardecer; el sol se pone justo en medio de las montañas Machu Picchu y Huayna Picchu. Wow factor incluido.

El regreso fue igual, pero me tocó presenciar una pasarela de ropa de llama modelada por los sobrecargos del tren. Sí, leyeron bien: ropa de llama. No voy a mentir, me pareció algo raro, pero bastante divertido después de un par de piscos. Y aquí, ente el segundo y tercer pisco y entre la pasarela de ropa de llama, fue que mi nueva amiga belga y yo tomamos una GRAN decisión: probar todos los pisco sours, bebida típica del Perú, que pudiéramos. Esto incluía una visita al museo del Pisco es Cusco y mucha fuerza de voluntad.

Bastantes piscos sours después...

No cumplimos con el objetivo, y esta bebida acabó con nosotros. Pero #MeArrepientoDeNada.

Lo que sí, es que el día siguiente no fue nada agradable, pero como buen viajero, la cruda no iba a evitar que saliera a explorar. ¿El destino? Ollantaytambo y a Sacsayhuaman, dos zonas arqueológicas impresionantes (la segunda un poco más que la primera), y obras maestras de la ingeniería y de la arquitectura. Hasta se me olvidó la cruda. Aquí conocí a Dominica, la culpable de convencerme ir a cenar a Fallen Angel y probar el cuy, la alpaca y otros platillos cusqueños. Bajo su propio riesgo.

Otra parada obligada cerca de Cuzco, es Moray. Un sitio arqueológico ubicado en el valle sagrado de los Incas, que parece una clase de anfiteatro gracias a sus andenes circulares. Se cree que era una clase de centro de investigación agrícola de los Incas en donde se hacían experimentos de cultivos a distintas alturas. Los círculos o andenes producen varios microclimas, el centro es la temperatura más alta y va bajando conforme avanzas al exterior. Moray se localiza a 7 kilómetros de Maras, un pequeño pueblo que esconde un gran secreto: Las salineras de Maras también conocidas como minas de sal. Se puede llegar caminando o en carro pero es recomendable no ir en época de lluvia ya que el camino se torna un poco complicado.

Después, Lima.

Para un mexicano, de la Ciudad de México para ser exactos, que llega a Lima por primera vez, resulta impresionante encontrarse con tantas similitudes entre las dos capitales: compartimos el caos y ese encanto raro que puede provocar.

Me quedé en Miraflores, una zona perfecta porque te quedan cerca casi todos los atractivos turísticos, incluidos los mejores ceviches. Les recomiendo ir al restaurante La Mar y pedir la degustación de ceviches acompañándolos, claro, con cervezas frías. Si para este punto siguen pensando en su ex, después de comer y beber, les aseguro que ni de su nombre se van a acordar. Otra parada obligada es el Circuito Mágico del Agua, un parque recreativo con docenas de fuentes iluminadas. Es el lugar perfecto para pasar la tarde y más si viajan con niños. Lima se disfruta comiendo (prueben los Suspiros Limeños, de nada), caminando por la costa y porque por qué no, tomando pisco.

A 30 kilómetros al sur de la ciudad, se encuentran las ruinas Pachacamac, un santuario que alberga un sin fin de historias, tesoros escondidos y ganas de viajar en el tiempo porque este era mi última parada antes de tomar mi vuelo de regreso.

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No sé si Chile y Perú me sirvieron para olvidar cinco años de relación, pero de lo que sí estoy seguro es que parte de mi corazón roto se volvió a pegar en el viaje, y los otros pedazos se quedaron en esos dos países mágicos a los cuáles espero regresar pronto.

Como llegué

Volé con Avianca desde Santiago de Chile.

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