DINAMARCA: Sobre felices contratiempos y Copenhague…

Siempre quise escribir algo sobre una escala que hice de camino a Budapest, porque generalmente las escalas se pasan corriendo desesperados en pasillos interminables, y ésta fue muy diferente. Volé en SAS y tenía que cambiar aviones en Copenhague, y como no me he resignado a pisar un país sin echar un vistazo, organicé la conexión con diferencia de 6 horas, y salí a caminar. Es un acto rebelde en contra de todas las normas del buen viajero, ese que no es “turista” y que realmente (subrayar y usar tono de autoridad) conoce un lugar y a sus pobladores y costumbres a fondo, sin buscar clichés de postal. A mí la verdad es que me da mucha curiosidad la razón por la que las cosas se vuelven clichés y no me canso de vivirlos y encontrarlos.

Tomé el metro desde el aeropuerto (Lufthavn) al centro de la ciudad (toma 20 minutos llegar, y el viaje cuesta 36 dkk, de ida). Me bajé en la estación de Christianshavn (una amiga que vivi en la ciudad me recomendó dos opciones: Kongens Nytorv o Christianshavn, diciendo que la primera era más turística y la segunda más “hipster”… La verdad es que quise ver algo más, antes de irme de plano a lo más turístico, aunque fuera mi destino final de cualquier forma). Yo sólo pensaba salir a dar una vuelta, sin agenda.

El primer contratiempo—además de la restricción temporal— fue que llovía. Eso siempre amenaza con interrumpir una caminata, sobre todo cuando hace frío, y el abrigo que uno lleva no es impermeable, segundo contratiempo. Pero ni hablar de volverme derrotada al aeropuerto, así que atravesé la plaza que está al salir de la estación, apresurando el paso porque la verdad me puso muy nerviosa un alegre grupo de hippies— que no hipsters, por lo menos con pinta de auténticos— aparentemente ahogados en alcohol, que cantaban a todo pulmón en grupo de 10 o 12. No sé muy bien si cantaban con alegría o furia, percance típico de no comprender un idioma, pero con enjundia definitivamente sí. Al fondo vi una iglesia con una torre que parecía… cuerno de unicornio. Eso fue lo primero que pensé, probablemente inspirada por la cabeza de un unicornio que sobresalía en la esquina de una farmacia (calle Dronningensgade). Ya me enamoraba Copenhague, con detallitos así. Resulta que era la iglesia de Nuestro Salvador, Vor Frelsers Kirke, que tiene una espiral externa, que gira en sinistrórsum, contra de las manecillas del reloj, para subir a la torre, y que aparece en el libro de Julio Verne, Viaje al Centro de la Tierra (con una falla en las ilustraciones originales, porque aparece con la espiral en sentido contrario). Por mucho que me gustaba la Iglesia, brillando dorada contra el cielo gris, tuve que seguir caminando porque estaba cerrada, y francamente, quería alejarme de los cantores y sus botellas agitadas. No sé por qué pensé que iba a ser una ciudad más tranquila, pero me sorprendió el ambiente.

Decidí buscar algún lugar en el que pudiera esperar a que pasara la lluvia, pero caminando un poco hacia el río, terminé por llegar a un letrero que marcaba la dirección de la estatua de la sirenita. Es evidente la influencia que las historias de fantasía han tenido en mi vida (me hace ver unicornios donde no los hay y me enamora verlos cuando sí están ahí, inesperados) y francamente la parte de mi infancia que nunca muere, y que siempre quiso ser mitad pez, no pudo resistirse. Mi alma busca-clichés me arrastró a seguir la dirección de los letreros (ay, ¿cómo no seguirlos? Flechas que dicen “la sirenita”, ¿qué hubiera hecho Alicia en el bosque? Y si hubieran señalado Algo Importante, no hubieran sido ni la mitad de poéticas o invitadoras las señales), y hasta allá llegué caminando a buen paso y empapada. En el camino pasé más edificios con cuerno (resulta que uno era la bolsa de valores, ¡qué apropiado! Y que el cuerno de unicornio está hecho de colas de dragones entrelazadas), pasé casitas de colores en el río, el parlamento, el palacio Amalienborg, en donde vive la familia real con su imponente iglesia de mármol al fondo (en el momento sólo pensé que era un patio muy lindo), el Teatro Real, una tienda departamental decimonónica y algunos monumentos que me gustaría descifrar un día. Todo me parecía bellísimo, acompañado del ruido al pisar en los charcos y esquivando a los ciclistas que, como yo, ignoraban al agua. Disfruté las vistas con la mirada hambrienta del que no sabe si va a volver a poner los ojos en lo que se le ofrece enfrente hoy. Hablando de miradas, terminé por guardar los lentes, llenos de gotas, para poder ver. Claro que guardar fue más bien tirarlos al hoyo negro a donde se van las cosas perdidas, pero como aún no lo sabía, iba feliz de la vida. Nos saludamos la sirenita y yo, como dos viejas amigas que se comprenden (a veces el arte realmente nos sirve de espejo), ambas todas mojadas y melancólicas. Solas. Había un par de turistas orientales tomando fotos, que tuvieron la amabilidad de tomar también la mía, para la cual hubo que sonreír a pesar de desentonar con la estrella del recuerdo futuro. ¿Por qué tuvo que darle Andersen un final tan triste? Tal vez porque así es muchas veces la vida. Y en días nublados, uno lo comprende mucho más todo. Más aún cuando ve que ya no podrá ver bien por un rato, porque perdió sus lentes en un viaje de tránsito. La miopía hace más claros otros sentidos.

Lo que me gustó mucho también del día lluvioso, fue la paz sin aglomeraciones. A veces al mal tiempo hay que darle pausa. Di una vuelta por ahí, y así concluyó la peregrinación más absurda, hacia un pedazo de bronce que ve el mar sabiendo que se va a hacer espuma (como todos, al final). En todo el camino de regreso hasta el punto en el que me quité los lentes, no hubo ni rastro de ellos, ni tregua del goteo del cielo. Llegué hasta Nyhavn y me senté bajo techo, bueno, una sombrilla, a comer alguna cosa típica de cuyo nombre no puedo acordarme, a la orilla del canal bordeado de casas de colores. Son más lindos los tonos de todos los edificios con la lluvia, estoy segura. No hay nada como recordar la luz desde la sombra, o estar empapada bajo un calentador.

En fin, se me acabaron los minutos y desde ahí pude tomar fácilmente el metro al aeropuerto. Llegué a mi avión a tiempo, después de probar un delicioso pan danés recién horneado. Fue un día inolvidable, aunque de paso, en el que pude sentir profundamente el sabor de la ciudad en su superficie. Fue la más bonita venganza al contratiempo que suelen ser las escalas.

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